Dios con Villa y Mcdoheny

Por aquellos días también apareció Victoriano Huerta en la frontera con Texas. Con base en acuerdos con el Kaiser alemán, trataba de introducirse nuevamente a México con la pretensión de hacerse nuevamente del poder. Lo acompañaba Pascual Orozco. Ambos fueron arrestados. Esto por supuesto puso de muy mal humor al Káiser. Sin embargo tarde que temprano tuvo que terminar entendiendo que las dos cartas que había jugado no eran las adecuadas. Huerta ya estaba próximo a morir debido a su alcoholismo y Orozco, al tratar de huir de la prisión en que se encontraba, fue arrasado por las balas de los custodios encargados de vigilarle. Mcdoheny no cesaba en tratar de enderezar las cosas a su gusto y acorde a sus intereses. Persistía en su no aceptación a Carranza.

Temía que su Constitución terminara por legalizar el proceso que según sus cálculos, le arrebataría grandes cantidades de dinero por efecto de las leyes emitidas a favor de regular la explotación de los recursos naturales de la nación. Por enésima ocasión, decidió convocar a sus colegas para urdir un nuevo plan: deshacerse de Carranza y de una vez también de Peláez, pero antes haciendo uso de éste ultimo para reorganizar a las tropas Villistas para ayudarse de ellas.

Esto que ahora voy a contar no lo había podido hacer ya que cuando me lo platicaron, juré no hacerlo del dominio público en razón de lo delicado y por lo mismo confidencial. En el Vaticano cada vez que pedía hablar con el Papa me daban largas: “Que si fue a comprar tamales, a aplicar Santos Oleos, que había salido de gira, etc.” El Secretario de Estado siempre estaba en juntas pero me mandaba decir que a la primera ocasión me devolvería la llamada. Total: burocracia, monjitas, curas malosos y Tedeums. ¡Bola de pachorrudos! Finalmente llamé al celular de San Pedro y aunque estaba muy ocupado me atendió: “¿Qué pasó, mi Toño?, ¿cómo andas?” Yo le dije que bien, que estaba escribiendo un libro, que seguía viendo a mi psiquiatra, etc. Me preguntó qué se me ofrecía y le contesté: “hablar con Dios”. “Espérame, déjame ver cómo anda su agenda”.

Luego me manifestó que si tenía un chance, pensaba venir a México pero en forma muy disfrazada a efecto de que no lo abordaran los medios, la gente, etc. para poder moverse a sus anchas. Le propuse un desayuno en Coyoacán en un lugar muy discreto y que le permitiría saborear unos “huevos al albañil” servidos en molcajete riquísimos. Dos días antes de su llegada, el Secretario Particular de San Pedro me confirmó la cita, pasé al aeropuerto y de ahí tomamos un taxi al sitio convenido.

Ya en el lugar, le platiqué al Creador del libro que estaba escribiendo pero le manifesté que tenía muchas dudas, dadas tantas versiones encontradas respecto de muchos acontecimientos alrededor de la historia de México. Le decía: “mira, unos dicen azul, otros rojo, algunos blanco y yo mientras tanto cada vez me hago más bolas”. Me entendió y me autorizó entonces a publicar el resultado de la conversación, la cual se centró principalmente en lo relativo a Revolución Mexicana. Se puso un poco pensativo. Jugaba con su barba y ya luego me advirtió que no lo juzgara responsable de todo lo que había sucedido en razón de que desde un principio él había promovido entre los hombres el “libre albedrío” y que por lo mismo, tantas pendejadas que se cometieron resultaron de su respeto a los seres humanos por brutos que fueran.

Ya entrando en detalle, me platicó que a partir de 1914 de pronto se vio atacado por migrañas que casi lo hacían darse de topes contra la pared. Varias veces los Doctores Celestiales lo revisaron, hasta que uno de ellos detectó que su problema era nervioso. “Y sí”, expresó, “tantas cosas que sucedían en tu planeta me ponían además de disgustado, muy angustiado”. Que si México y sus problemas desde 1910, los petroleros gringos e ingleses, los alemanes que no terminaban de entender que habían nacido para perder cualquier guerra, que una conflagración mundial por vez primera, en fin, ya estaba harto.

Pidió entonces el expediente del Planeta Tierra a San Pedro, lo revisó y subrayó dos nombres: Edward Mcdoheny y Francisco Villa. Le solicitó a San Pedro que los citara en la Catedral de San Patricio en New York, aprovechando que ahí se encontraba Mcdoheny y que mientras tanto Villa en ese momento no tenía mucho que hacer. Se lo acababa de sonar Obregón y entonces éste, a sabiendas de que Pershing lo andaba buscando, se fue a refugiar al cerro. “Hazlo venir con protección”, le ordenó a San Pedro, “porque con lo que hizo en Columbus, si los gringos lo identifican, lo van a hacer pinole”.

Me contó Nuestro Señor que cuando aquéllos llegaron a la antesala del Superior de la Catedral y se reconocieron, se dieron tremendo abrazo. Mcdoheny de todas formas lo hizo sin respirar porque Villa apestaba al no haberse bañado desde hacía varias semanas. De todas maneras, aunque de a lejitos le dijo a Pancho: “¿Dónde te has metido güey, que ando tratando de encontrarte desde hace varios días y ni tus luces?” Villa le explicó que andaba de escapada porque las tropas de Pershing lo estaban tratando de cazar. “No importa”, le dijo Mcdoheny, “después de esta reunión nos vamos a comer y te platico por qué me urge que me eches la mano”.

En eso se abrió la puerta del despacho principal, los hicieron pasar y ¡vaya la que se armó! De entrada, Dios sentado en la esquina del escritorio, con la pierna derecha doblada sobre la superficie del mismo y apoyándose al suelo con la izquierda, les espetó: “A ver par de cabroncitos, ¿qué se traen, eh? Los he estado observando desde allá arriba y ¿saben una cosa? Ya me tienen hasta la madre, pinches ojetes. Tú Edward, no tienes llenadera. Te entran y te entran clavos y todo te parece poco. Eres un desgraciado intrigante que rodeado de tus borregos, ahí andas alebrestando por todo. ¡Ay sí!, que el Presidente Wilson es un marica que no les hace caso, que ¿por qué reconocer al señor Carranza si a ustedes les hizo ¡bu! y se molestaron, que según tú, eres el Gran Benefactor de México gracias a tus chingadas inversiones, que ¡cómo una nueva Constitución! Y, ¿qué más?”

En eso volteó a ver a Villa que estaba con la mirada al piso, así como avergonzado y rascándose la cabeza mientras con la otra mano sujetaba su sombrero todo sudado y apestoso: “¿Y tú pinche baboso, qué? Por lo pronto deja de rascarte la cabezota porque me vas a llenar de pulgas la alfombra. A ver, ¿qué me dices de Columbus, zángano de pacotilla? ¿A cuántos te echaste por bravucón y pendenciero? ¿Cuántas esposas sumas ya a la fecha? ¿Qué te traes con Carranza y Wilson? Claro, como no te tomaron en cuenta, primero chillas, luego pataleas y lanzas mentadas de madre a diestra y siniestra, baboso. Andas de hocicón quejándote de que ayudaste a Madero y que te abandonó, que Carranza es un vendepatria, que si Huerta, que cómo Obregón te llegó por las nachas y te las mordió, que lo que importa en la guerra son los resultados, no las vidas aún de inocentes.”

Mcdoheny y Villa se veían entre sí como diciendo: “¡Puta, ahora sí ya nos agarraron!” Los hizo sentar al frente juntitos, juntitos y con el dedo en forma de advertencia se dirigió a Mcdoheny y le dijo: ”Mira orangután, ya sé que vas a tratar de usar a este sapo endiablado para tratar de derrocar a Carranza con la ayuda de Peláez y vas a provocar a Woodrow para que finalmente le entre a los chingadazos con los germanos, ¡como si no te conociera! Por cierto, ¿y cómo van tus fiestecitas de los viernes con tus novias del cine? También ya sé que en lugar de Carranza pretendes imponer a un descendiente de Iturbide, de nombre Eduardo, para que lo sustituya. Sé sobre todos tus planes, araña artera, con Agustín Canova, Manuel Calero, en fin. Pero te advierto: ya iluminé a Wilson y le hice saber que de ninguna manera aceptara tu propuesta.

Sigues fregando con que el ejército de tu país invada México para cuidar tus intereses y no te das cuenta que tanto Wilson como Carranza están bien ocupados: uno con la Guerra Mundial y el otro armando su nueva Constitución, pinche sátrapa de mierda. ¿Que no les basta a tí y tus cuates lo que por consecuencia de la guerra está entrando a sus bolsillos? y tú Villa peludo, ¿no has reflexionado que la Constitución que se está diseñando va a beneficiar a toda la gente de tu país, lo que tu no has sabido hacer, matón de porquería? !Ay sí, al cabo que van a venir Huerta y Orozco a salvarnos!

¿Saben qué, taradotes? El tal Huerta anda como siempre hasta las chanclas y se va pronto a morir. Todavía no sé si le daré cabida o se lo mando a Satanás. El tal Orozco, ya van a ver lo que va a pasar con él. De manera que mira, Edward: bájale mejor, yo ya por ahí tengo un pequeño premio para tí si sigues en las mismas. Deja en paz al señor Carranza y lo mismo a Wilson. En cuanto a ti araña ponzoñosa, también pónteme más quietecito. Te vas a meter en un desmadre del cual yo no te voy a sacar aunque me pongas rosas en las capillas de los pueblos a donde llegas de conquistador…” “¡Uf!, ¿a qué huele?”, preguntó Dios observando a Villa.

Terminó Nuestro Gran Señor y ya más sereno observó a Mcdoheny y a Villa directo a los ojos y les dijo: “ Bueno, espero que me hayan entendido. Los voy a seguir observando pero ya no me preocuparé en llamarlos si siguen con sus tarugadas. Simplemente voy a actuar y mejor reflexionen porque los traigo en la mira. Y, ¡órale! Ahuequen que tengo otros pendientes que ver antes de llegar al Kennedy y alcanzar mi avión. Sé por ahí de un Telegrama que se está planeando y todavía no sé cómo lo vamos a descifrar. Luego debo seguir a Rusia

para entrevistarme con Lenin porque también a ese puto lo traigo entre ceja y ceja. Quiero ver unos submarinos germanos que dicen que son una fregonería. Como ven: estoy muy presionado. Abur”. ¡Qué iban a comer Mcdoheny y Villa después de la cagada! El primero, fanfarrón pero encabronado, volvió a las mismas con el típico: “a mí, me la pela!” En cambio Villa sí se mostró asustado y comentó: “voy a darle una repensada a las cosas. A lo mejor me convenga más retirarme a mis tierras y me convierto nuevamente en agricultor. ¡Vaya que Diosito ora sí nos la puso de a tostón!”

A Don Venustiano Carranza le era indispensable que Estados Unidos se integrara como participante en la Primera Guerra Mundial. De entrada, dicha decisión le significaría que Wilson retirara de nuestro país las Fuerzas comandadas por el General Pershing en su persecución inútil en contra de Villa. Sabía que en la medida en que se complicara la problemática europea, los soldados yanquis se hacían cada vez más urgentes en aquel continente y por lo mismo, estaba seguro que ya muy pronto abandonarían nuestro territorio. Por otro lado, mientras los americanos intensificaran su atención y participación en dicha conflagración, le regalaban tiempo a Don Venustiano para terminar de redactar la nueva Constitución que regiría los destinos de nuestro país. Su intención era muy clara y yo diría que práctica, porque no pretendía que dicho nuevo documento sustituyera a la Constitución del ’57 de manera tajante. Simplemente, apoyándose en las ampliaciones y actualización que exhibiría a partir de su Plan de Guadalupe, daría pie a formular nuevos decretos que protegieran los intereses de nuestra nación, sobre todo en lo relativo al tema de nuestros recursos naturales.

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