Sinfonía de la Constitución de 1917

Nuevamente se reunió el “Club de Tobi” a puerta cerrada, presidido por Mcdoheny. El ambiente se cortaba con tijeras. Se iba a hacer un ensayo con la orquesta constituida por ellos mismos, en relación a la presentación de una nueva “Sinfonía Mexicana”, mejor que las de Moncayo, que se decía causaría furor en todo el mundo y por lo mismo Mcdoheny y sus solistas decidieron entrar a competir con otras orquestas en distintas giras alrededor del mundo o a resultado de invitaciones a Directores huéspedes de los más granados. Además de los magnates duchos en distintos instrumentos, estaba presente el Embajador americano en México de apellido Fletcher, quien se decía tenía voz de barítono y que como solista realzaría al conjunto. Para variar, quien dirigía la orquesta con objeto de llevarla a alcanzar un “alto vivace” era el propio Mcdoheny, quien tenía como partitura en re bemol, la sinfonía llamada Articulo 27 y que se pretendía ser incluida como directriz del Conservatorio Nacional de Música de México. Aunque Mcdoheny deseaba denotar tranquilidad, a la hora de invitar con la batuta a iniciar el ensayo, se traicionó; sus manos temblaban.
El solista Fletcher arrancó con un muy suave como gustaba a Mozart:

“La propiedad de las tierras y aguas dentro del territorio nacional, corresponden originalmente a la nación y tiene el derecho a transmitir el dominio de ellas a los particulares. Las expropiaciones sólo podrán hacerse por causa de utilidad pública y mediante indemnización.”

Atrás, los Coros acompañaban al estilo de las Cantatas de Bach. Los oboes y los fagots poco a poco intensificaban su sonido y los violines y chelos se mantenían a ritmo y tono moderado. Mcdoheny apuraba al de los platillos a prepararse y exigía más ritmo y velocidad. Siguió el solista dando emoción a su cantata:

“Con este objeto, se dictarán las medidas necesarias para el fraccionamiento de los latifundios, para el desarrollo de la pequeña propiedad agrícola en explotación, para la creación de nuevos centros de población agrícola con las tierras y aguas que les sean indispensables para el fomento de la agricultura y para evitar la destrucción de los elementos naturales y los daños que la propiedad pueda sufrir en perjuicio de la sociedad. Los núcleos de la población que carezcan de tierra y aguas o no las tengan en cantidad suficiente para las necesidades de su población, tendrán derecho a que se les dote de ellas, tomándolas de las propiedades inmediatas, respetando siempre la pequeña propiedad agrícola en explotación”.

Ya estaban a punto de entrar a tiempo platillos y timbales en un “crescendo”, cuando Mcdoheny ordenó un alto a la orquesta, se cambió los lentes por lo vaporosos y opacos que se encontraban y llegó a la conclusión de que sería mejor dirigir a la Sinfonía con la Séptima de Beethoven, en lugar de la Sinfonía Carranza. Se puso a tal grado encabronado que quebró en dos la batuta y les dijo a sus músicos: “Bola de imbéciles, ahora que veo esta obra me doy cuenta que no entienden lo complicada que está esta composición y no se percatan de que vamos a terminar sordos y locos. ¿Ya leyeron bien lo que dice la letra de esta patraña? ¿Ya vieron que habla de “apropiación”? ¿Ya se dieron cuenta que en do menor se resalta “fraccionar terrenos” a favor de los pinches indios piojosos? ¿De verdad sienten lo que están interpretando? Ni hablar, vamos a seguirle”. Se limpió el sudor con su pañuelo, pidió una nueva batuta, pero ya no convocó a seguir con el ensayo de manera cortés. Ahora, golpeaba el piso con los zapatos como Director de Banda Militar y se notaba cómo se levantaba el polvo. Siguió el solista, por cierto ya harto nervioso:

“Corresponde a la nación el dominio directo de todos los minerales y substancias, que en vetas, mantos, masas o yacimientos constituyan depósitos, cuya naturaleza sea distinta de los componentes de los terrenos, tales como los minerales de los que se extraigan metales o metaloides utilizados en la industria, los yacimientos de piedras preciosas, de sal de gema y de las salinas formadas directamente por las aguas marinas; los productos derivados de la descomposición de las rocas, cuando su explotación necesite de trabajos subterráneos; los yacimientos minerales u orgánicos de materias susceptibles de ser utilizados como fertilizantes; los combustibles minerales sólidos, líquidos o gaseosos. La capacidad para adquirir el dominio de las tierras y aguas de la nación se regirá por las siguientes prescripciones:”

En este último momento, el solista Fletcher se echó un gallo y el resto de la Sinfónica se fue contra él. No se daban cuenta los músicos que cada uno tocaba su instrumento fuera de todo orden. Estaban en total destiempo mientras se miraban unos a otros como preguntándose: “¿estás siguiendo la misma partitura que yo? Esto suena de la Chingada y el Director va a terminar cagándonos” Le contestó el compañero: “no te preocupes, el que ya está cagado es Mcdoheny. Mira qué cara de víctima de chorrillo tiene. Es más, creo que hasta va a dar por terminada la sesión. Se le nota enfermo”. Pues no.

Pálido y todo Mcdoheny apresuró a un “forte presto con tutti” a manera de chacarera argentina. Seguía sudando y ya requería de otros pañuelos o hasta mejor, paliacates. Le hubiera gustado más, además de Beethoven, dirigir algo relativo a Tchaikovsky, Mahler, o hasta Valses vieneses, pero ni modo, tenía que terminar. Dio otros tres golpes en el atrio con la batuta, convocó y continuó hasta el final de la obra. El escenario olía a leona en menstruación.

“Sólo los mexicanos, por nacimiento o por naturalización y las sociedades mexicanas tienen derecho para adquirir el dominio de las tierras, aguas y accesorios o para adquirir concesiones de explotación de minas o combustibles minerales de la República Mexicana. El estado podrá conceder el mismo derecho a los extranjeros, siempre que convengan ante la Secretaría de Relaciones Exteriores en considerarse como nacionales respecto de dichos bienes y en no invocar, por lo mismo, la protección de sus gobiernos por lo que se refiere a aquéllos, bajo la pena, en caso de faltar al convenio, de perder en beneficio de la nación los bienes que hubieran adquirido en virtud del mismo. En una faja de cien kilómetros a lo largo de las fronteras y de cincuenta en las playas, por ningún motivo podrán los extranjeros adquirir el dominio directo sobre tierras y aguas.”

Terminó el concierto. Nadie hablaba. Mcdoheny apenas si podía sostenerse sobre sus piernas. Mentaba madres y de pronto daba la impresión que acabaría en llanto. Se fue a una butaca solo. Dio autorización a sus músicos para que se retiraran, cosa que hicieron con toda premura y discreción. Sabían que serían nuevamente convocados para hacer una modificación al arreglo, pero por lo pronto necesitaban tiempo para descansar.

Cuando me decidí a entrarle a los caballos, tuve que hacerme varias preguntas: “¿te gustan?, ¿piensas que estás capaz para enfrentarlos?, ¿ya previste los riesgos, tiempo y dinero que entrañan?, ¿no estorban a tus prioridades?, ¿qué opinan tus allegados y los que de verdad saben de equitación?” Finalmente seguí adelante con mi proyecto y después de muchas vivencias algunas gratas y otras dolorosas, supe retirarme a tiempo. Esto lo pongo de ejemplo porque en el caso de Don Venustiano Carranza, el panorama que tenía ante sí era muy adverso como para que con todo y una nueva Constitución, el país de la noche a la mañana saliera beneficiado de la misma. La promulgó en Querétaro el 5 de febrero de 1917 y no fue fácil para él que el documento se aprobara en los términos que pretendía.

Al interior del Congreso junto con el grupo de personalidades que coadyuvaron en el diseño de la misma, habían elementos que se negaban a apoyar en su totalidad los puntos que la conformarían. Más allá de nuestro país, también muchos ojos veían con escepticismo el proyecto de Don Venustiano. Algunos porque les afectaba, como a los inversionistas americanos e ingleses. Otros porque dudaban que pudiera salir adelante sin mediar nuevamente una nueva guerra civil que aunada a la guerra europea, complicaría más las cosas.

De eso estaba claro el Presidente norteamericano. También los alemanes estaban inquietos porque si los americanos se entrometían demasiado en el asunto, éstos perderían posición para aprovechar jalar agua a su molino de los beneficios que significaba México. En el propio México Carranza tenía enemigos que no deseaban verlo como el gran Constitucionalista, en razón de envidias o temor por intereses personales. Pero lo que más molestaba y preocupaba a Carranza era el hecho de darse cuenta que México todavía no estaba preparado para asimilar lo que implicaba ese nuevo documento. Muy bien sabía que había sido y era víctima de todo tipo de espionajes y además de todas partes, según la posición en la que se apostaban los buitres. La Iglesia misma también estaba por demás recelosa en virtud de que dicha ley la llevaría a perder mucha fuerza en razón del liberalismo que contenía. El propio Mcdoheny se aprovechaba de dicha circunstancia sabiendo que los mexicanos en casi un 100 por ciento eran fanáticos religiosos.

  1. René Moya Gloria dice:

    Mandar la copia del libro, por favor. Inicié la lectura y me entró la curiosidad por seguir leyendo a alguien casi tan loco como yo.

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